miércoles, 31 de diciembre de 2014

Almanaque de intenciones


Cuando acaba el año la mayoría tendemos a echar un vistazo atrás y  elaborar ese listado de intenciones u objetivos para el año siguiente. No tiene nada de malo eso de pararse y reflexionar, aunque deberíamos de ser conscientes de que al masticar la última uva y brindar por el año nuevo la lista comienza a amarillear y a acartonarse para quedar obsoleta pasados unos días.
Para engañarnos en el deseo de un futuro mejor en la enumeración incluimos sueños improbables, proyectos ansiados, ilusiones otrora frustradas y esperanzas que pretenden iluminar nuestro día a día.
Los propósitos de fin de año son como los programas políticos. Son un conjunto de buenas intenciones, algo que se debería cumplir, pero que de antemano uno ya sabe que ni de lejos va a alcanzar. Funcionan como lavado de imagen, como autoengaño y sobre todo para justificar a uno mismo y de cara a la galería que tenemos intención de evolucionar, de ser mejores. Esas intenciones son como los yogures light olvidados en el fondo del frigorífico, cuando uno se come el jamón y el lomo se hacen visibles, uno comprueba que han caducado y los acaba tirando a la basura. Cierto es que hay individuos sin escrúpulos capaces de ignorar que están pasados y, amparándose en que el “consumir preferentemente” no implica que llegada la fecha el producto se haya deteriorado, se empeñan en ingerirlos. A veces, incluso les sientan bien.
Adelgazar, aprender inglés, sacarse el carnet, escribir… la lista es interminable y varía según las expectativas del individuo. Yo este año me voy a esforzar por ser realista.
En los tiempos que corren, con la crisis galopante pretendo ser austero y no querer acaparar más de lo que puedo. Mi lista será la siguiente:

1-Sobrevivir.
2-Disfrutar en el intento.

Sí, ya sé que es una lista atípica, carente de sueños, ilusiones, esperanzas… Muchos la tildarían de pesimista. Yo en cambio diría que de cumplirla al completo uno podría calificar el año de más que bueno. Por otro lado hay que mirar el lado positivo: al reflexionar pasado un año tengo casi garantizado haber cumplido al menos la mitad de los propósitos.
Vivir importa poco. Lo que cuenta es sobrevivir. Disfrutémoslo pues.

Juliki alistado en la resistencia

lunes, 29 de diciembre de 2014

¿Resistencia o resignación?


Hace unos días tuve una especie de viaje astral, de esos de andar por casa, nada digno de ser tratado en Cuarto Milenio. Conversaba con unos amigos, nos estábamos poniendo al día, cuando tomé distancia de la conversación mientras mi cuerpo la continuaba. Fue como ser un oyente que, ajeno al diálogo, se contemplara a sí mismo desde la distancia. Las palabras además me sonaban a conocidas. ¿Dónde las había oído yo antes? De inmediato mi cerebro proyecto otras conversaciones similares con otros amigos, desarrolladas en los últimos meses, donde después de contarles mis peripecias laborares y mi situación, terminaba yo, como recitando un mantra, con la misma expresión: “Es lo que hay”.
Por suerte me recompuse y casi de inmediato volví a mi cuerpo para reanudar la charla de manera presencial y con todos los sentidos alerta, relegando para más adelante, en la soledad de mi morada, el descubrimiento de que significaba todo aquello.
La frase sirvió como desencadenante de esos recuerdos y como antesala para el ejercicio de comedura de tarro, ese que realizo habitualmente cuando me empeño en analizar las cosas e intentar entenderlas. Las cuatro palabras, ninguna de las cuales llega a contener cuatro letras, encierran agrupadas y en ese orden dos ideas contradictorias. Por un lado muestran un componente de resistencia ante una situación desfavorable propio de un espíritu luchador, pero a la vez con ese matiz de resignación que delata al que ha sido derrotado y ha dejado de luchar.
¿Y qué soy yo?, ¿en qué me he convertido?, ¿qué sentimiento predomina en mí? Pues supongo que ni lo uno ni lo otro y ambas cosas a la vez. A ratos revivo y me lanzo a la batalla de enfrentarme a la realidad para volver al rato maltrecho y desilusionado a mi rincón para lamerme las heridas mientras asumo que jamás venceré.
Hoy toca sesión de lametones, mañana… Parecemos condenados a seguir buscando la luz al final del camino, aunque hay días que da la sensación que la hubieran cortado.
Es lo que hay, aunque uno no alcance a entender del todo que es lo que hay.

Juliki en alternancia continua

domingo, 28 de diciembre de 2014

Superar el día


Me levanto con las legañas soldando los parpados y lo que es peor, con hormigón fraguando en mis neuronas. Me arrastro al baño y los escasos metros me parecen el recorrido de una maratón. Es otro día que habrá que superar para que exista un mañana tan poco halagüeño como el ahora. No tiene sentido seguir así. Esquivo la ducha, la dejo para después, como todo. Aterrizo frente al ordenador en busca de mi dosis de realidad. Antes de nada me pongo los ojos y la visión es borrosa. Retiro las lupas y observo que tienen una capa de mugre; cómo yo, como mis neuronas, como mi vida.
Las limpio sin convicción, como el que conduciendo bajo una tromba de agua sabe que aunque el parabrisas funcione a tope no dará abasto.
Busco refugio igual que cada día en la lectura. Leer sobre escritura, sobre la situación social, revisar correos que nunca traen alicientes
Me meto en un video del presidente Mújica y sus palabras retumban en las oquedades de mi cerebro a punto de colapsar. Frase tras frase recibo las bofetadas que, en principio, no me hacen reaccionar:

La vida se te escapa y no puedes ir al supermercado a comprar vida.
Dar contenido a la existencia, ser autor de tu propia vida, pelear por un sueño o una esperanza…
No dejar que te roben la vida.
No hay receta.
Lo imposible cuesta un poco más.
Derrotados son los que bajan los brazos.
Lo importante es el camino.
No hay meta.
Siempre hay algo que dar por jodido que estés.
El que esta acostumbrado a estar mal se resigna.
Quien acaricia su sueño lo pelea.
Consciente de los errores cometidos.
La vida es un aprendizaje continuo y esta lleno de caminos muertos.
Los individuos solos no somos nada.

Apalizado, sin marcas en el rostro, pero con las neuronas magulladas, apago el ordenador y me levanto. Vuelvo a intentarlo y me encamino a la ducha. La realidad gana por KO.

Juliki tras besar la lona

sábado, 27 de diciembre de 2014

Crónicas de resistencia


Miro el reloj del call center donde trabajo. Son las 19:45h de un viernes. Después de más de 150 llamadas hay que disimular el cansancio intentando mantener el tono jovial y efusivo.

— Hola, buenos días. Mi nombre es Julián. Le llamo de XXXXXX. Tendría, YYYYY, un minuto para dedicarme si es usted tan amable.
—No, no le oigo.
—Pues yo si le oigo a usted. ¿Me escucha mejor ahora?
—No.
—Bueno, pues intentamos mejorar la comunicación y le llamamos a usted en otro momento. Muchas gracias y que tenga un buen día.
—Igualmente.

No puedo evitar una sonrisa ante lo ocurrido. Sé que debería apuntar la idea porque aquí está la semilla de un futuro relato. La sensación dura dos segundos. Justo lo que tarda en entrarme la siguiente llamada. La atiendo mientras pienso que en quince minutos todo habrá terminado. Para entonces el relato estará muerto y enterrado bajo paladas de agotamiento. La vida sigue y lo importante es sobrevivir aunque sea sin ficción

Juliki en la agotadora tarea de sobrevivir

viernes, 26 de diciembre de 2014

Apuntalar la utopía


Cuando la realidad deja de ser atractiva suelo refugiarme en la ficción. Es como tomar una pastilla que te coloca, te saca de tu cotidianeidad y te traslada a otros mundos donde son los protagonistas de esas ficciones los que deben tomar las decisiones. Desde el puesto de vigía juego a observar sus errores, sus aciertos y a juzgar con esa mirada del voyeur crítico que se cree un semidios.
Últimamente mi vida es tan poco interesante que apenas tengo ganas de contar nada de ella; tan previsible, agotadora y gris que he estado tentado de convertirla en ficción para llenarla de ilusiones y colorido. Luego cuando pienso en hacerlo me invade el cansancio y la pereza.
En su momento decidí que el blog sería un reflejo de mi día a día y que mis relatos y escritos de ficción no tendrían cabida aquí. Ahora dudo si no sería un buena idea, ante la pereza que me da escribir sobre mis desalientos y rutinas, empezar a airear mis relatos. Cuando lo pienso el primer impulso es retirar el polvo de la bandeja de “pendientes” donde relatos antiguos languidecen a la espera de una revisión. Luego en un ataque de euforia que dura menos que una eyaculación precoz y deja la misma insatisfacción, me planteo el fabular mi monótona existencia en un intento por maquillarla y crearle algún incentivo. La cuestión es: ¿se puede de la nada, de esa sarta de días idénticos y vacíos, sacar ideas que me motiven a jugar a ficcionar de manera casi mágica ese vacío y trasformarlo en algo ocurrente, divertido, curioso…? Necesito algo enteramente distinto a ese encefalograma plano en que se han convertido la sucesión de días y noches que consumen semanas, crecen hasta convertirse en meses y casi casi sin apreciarlo acumulan años en mi existencia sin alicientes.
Si estuviera por la labor de jugar podía ser una ruptura divertida y estimulante. La cuestión es decidir si quiero, puedo y sabría hacerlo.

Juliki entre la realidad y la ficción

jueves, 25 de diciembre de 2014

Obstinación ante la derrota


—Ríndete.
—Aún no.
—Ese “aún” es más que significativo. Un anticipo de tu derrota.
—…
—¿No dices nada? Eso también es indicativo. Queda apenas una semana para acabar el mes y no has escrito ni una sola entrada. No tiene sentido alargar la agonía. Cierra el blog y reconoce tu inconstancia, tu carencia de frescura para escribir, tu falta de historias por contar…
—Aún tengo cosas que decir.
—¿Anunciar tu despedida tal vez? Hubiera sido un broche perfecto cerrar con esta entrada, que es la 300, yo te podría haber escrito el epitafio adecuado.
—Eso te encantaría, ¿verdad? Si no hubieras abierto la boca quizás te hubiera dejado decir la última palabra, pero ahora…
—Mírale, pobrecito. Su amor propio se ha sentido herido y va a dejarse el alma en intentarlo.
—Puede.
—¿Y de dónde vas a sacar el tiempo, las ganas y las ideas? Tu cerebro está colapsado, tu motivación por los suelos y el reloj sigue corriendo. Tira la toalla, perdedor.
—Mejor ser eso que nada. El perdedor al menos lucha.
—Pufff..., ¡Cómo me cansa esa filosofía vacía, esa palabrería que suena a autoayuda barata! La realidad te golpea, asúmelo. Haz el favor de afrontar que has perdido.
—La realidad está por escribir y en ocasiones puede apoyarse en la ficción.
—¿Qué quiere decir eso? Vas a hacer trampas.
—El compromiso era escribir seis entradas al mes. Nadie dijo que fueran sobre lo que me acontece a mí. Puedo usar historias inventadas, relatos imaginarios, ficción… o tal vez no.
—¿Vas a tirar de relatos antiguos para falsear el reto?
— Antiguos, nuevos, revisados… o puedo simplemente contar como me siento.
—¿Estás jugando conmigo? Bueno, en cualquier caso no te veo capaz. Olvidas que hablamos de escribir, crear…
—Todo es ponerse a ello.
—¡Tú alucinas!
—Puede que también incluya alguna alucinación.
— Tú mismo, pero ya puedes darte prisa. El tiempo corre.
—Cierto, pero el reloj no se ha parado y yo aún tengo la pluma en la mano.

Juliki contra las cuerdas

domingo, 30 de noviembre de 2014

Inseguridad social


Aviso a navegantes: este ladrillo va a ser largo; pero a veces explicar lo inexplicable no es sencillo y se requiere un poco más de extensión para intentarlo. Espero haberlo conseguido a pesar de mi cabreo.

Dicen que la vida es una suma de casualidades. La vida de mi madre no es una excepción. Ella vive gracias a una triple coincidencia: ser una superviviente nata, un equilibrio milagroso en la dosis de 16 fármacos diferentes y un DAI (desfibrilador automático implantable). Para que todos esos factores se mantengan estables debe acudir de manera periódica a tres consultas diferentes: su médico de cabecera que le controla lo básico (analíticas, vacunas, Sintrom…) y le hace las recetas de los medicamentos; su cardiólogo de zona, que revisa si es necesario modificar la dosis de algún medicamento para mantener el equilibrio; y el cardiólogo que le “instaló” el DAI, para comprobar el correcto funcionamiento del aparato. Hasta ahora las tres consultas eran en sitios distintos. El médico de cabecera en el centro de salud del barrio; el cardiólogo en el centro de especialidades de Tetuán; y el cardiólogo que se encarga del aparato en La Paz.
Hace uno días con motivo de dos de esas revisiones mi hermana tuvo que lidiar con la ilógica de la burocracia, más ilógica todavía, cuando se pone en juego la vida de personas.
Tocaba revisión en el cardiólogo de zona y dos días después revisión del Day. Acuden a la primera consulta en Tetuán y tras un ligero ajuste de medicación el cardiólogo le informa que quiere verla en seis meses si todo va bien y que a partir de ahora la consulta será en el Carlos III donde van a centralizar el servicio de cardiología; pero que pida la cita en el mostrador de abajo. Cuando mi hermana pide cita le informan que ya tiene una cita para el Carlos III para dentro de dos días y que no le pueden dar otra. Mi hermana les explica que la cita para dentro de dos días es en La Paz y que es para otro médico distinto  “Es de cardiología verdad, pues por normativa no se pueden tener dos citas para cardiología. Si tiene duda háblelo con el Carlos III”, le dicen en el mostrador. Ante  la cerrazón mi hermana decide esperar dos días y arreglar el asunto después de acudir a la revisión del DAI en La Paz.
Transcurridos esos dos días pasan la consulta en La Paz, todo correcto, no hay anomalías y la pila aguantará unos años aún. El médico les comenta que verá a mi madre dentro de 8 meses y les dice que pidan cita abajo, pero que la próxima consulta será en el Carlos III donde se centralizará el servicio de cardiología. Mi hermana baja, pide cita para la próxima revisión del DAI y aunque será en el Carlos III se la adjudican sin problemas. Pregunta si pueden darle la cita para el cardiólogo de zona dado que será en el Carlos III también, pero le indican que allí no tienen acceso a la base de datos del cardiólogo de zona, que tendrá que personarse en el Carlos III. Mi hermana deja a mis padres en casa se desplaza al Carlos III y solicita cita para el cardiólogo de zona. Amablemente le indican que ellos aún no dan citas y que para esa gestión debe dirigirse al centro de especialidades de Tetuán. Mi hermana respira hondo da las gracias y se desplaza hasta dicho centro algo “cansada” de ir de aquí para allá.
En Tetuán se chupa otra cola y cuando llega su turno y solicita la cita la respuesta la deja boquiabierta. “No podemos darle cita porque ya tiene una para dentro de ocho meses en cardiología en el Carlos III” (Es la cita que le han dado en La Paz para la revisión del DAI). Mi hermana cuenta hasta diez y calmada intenta explicarse. “Son dos médicos los que ven a mi madre; uno revisa el DAI, otro revisa la medicación por lo tanto necesita dos citas”. La repuesta de funcionario empieza a enfadar a mi hermana. “La normativa es clara: no se pueden tener dos citas para una misma especialidad en un mismo centro”. Mi hermana vuelve a explicarse sin éxito y solicita hablar con la supervisora dado que la persona de ventanilla no parece dispuesta a atender su solicitud. La funcionaria se levanta y se dirige a un despacho de donde tras un rato sale con idéntica respuesta. Mi hermana, empezando a perder la calma ante tanda sinrazón, exige que la supervisora se lo explique en persona. La funcionaria de la ventanilla le niega tal posibilidad; Mi hermana al borde de estallar se dirige a la puerta donde ha visto entrar a la funcionaria y la aporrea dispuesta a no cejar hasta que la supervisora salga. Entretanto la funcionaria ha llamado a seguridad y mi hermana se ve sujetada por un maromo que la amorata el brazo. A esas alturas el revuelo es tal que la supervisora sale. Mi hermana se encara con ella y le vuelve a explicarle la lógica del razonamiento. Dos médicos, dos revisiones, dos citas. ¿Es tan difícil de entender? La respuesta de manual de funcionario: “La normativa no permite…”. Mi hermana no puede más. ¿Serán humanas esas funcionarias que la atienden? ¿Qué tiene que hacer para que entren en razón? Desesperada lanza un órdago. “Pues yo solo salgo de aquí si con las dos citas o esposada por la policía. Con lo cual usted decide o llama a la policía o a su jefa”. La supervisora duda y al final va en busca de su superiora que baja, da la orden de que a mi hermana le den la cita y lanza una última frase lapidaria “Dársela para que se vaya, pero le va a dar igual”.
Mi hermana con sus dos citas impresas en la mano la mira y dice: “¿Cómo?”
“Que te va dar igual, ya lo veras”, responde la jefa del servicio.
Mi incombustible hermana duda entre asesinar a todas esas funcionarias inhumanas para ayudar al resto de los pacientes o retirarse con su triunfo y dejarlo correr. El cuerpo le pide sangre; la razón regresar a casa después de pasar todo el día de médicos y recorrer tres centros sanitarios diferentes. Se va dando las gracias a quien no se las merece e intentando comprender el increíble suceso vivido.
La historia podría acabar ahí, pero dos días después mi hermana recibe una llamada. De otra funcionaria que le notifica que la cita con el cardiólogo de zona de mi madre ha sido anulada.
Mi hermana empieza a entender ese “Dársela para que se vaya, pero le va a dar igual”. Cuando mi hermana replica intentando usar la lógica al otro lado de la línea un supuesto ser humano es capaz de pronunciar la siguiente frase:
“Y da gracias que no te anulo la cita del DAI porque sin esa cita hay más riesgo de que tu madre se muera”.
Mi hermana estalla: “Mi madre no se muere por el DAI y por la medicación; si alguna de las dos cosas falla su corazón se para ¿No pueden entenderlo ustedes?
“Ese no es mi problema, la normativa…” reiteran al otro lado de la línea
Mi hermana gritando desde la impotencia toma una resolución. “Pues que sepa usted que yo no he recibido esta llamada y que mi madre va a acudir a las dos citas que yo tengo aquí por escrito y cuando estemos allí a ver quien tiene los cojones de decirme que no van a atenderla”. Antes de colgar puede aún escuchar un “Le va a dar igual, ya tendrá noticias nuestras…”
Creo ser una persona razonable y tranquila, pero todo tiene un límite. Supongo que en unas semanas recibiremos una notificación escrita que anulará la cita; si eso ocurre, como que no hay Dios, que me presento en el centro de especialidades de Tetuán y voy a perder la calma.
No se puede jugar con la salud y la vida de las personas de esa manera y yo, para que se imponga la razón y mi madre siga viva, estoy dispuesto a hacer cualquier cosa.

Juliki afilando los cuchillos

jueves, 27 de noviembre de 2014

Las tres vidas de la Beni


A veces la vida te concede una segunda oportunidad, incluso una tercera. Algunos lo definen como volver a nacer. Mi madre es una de esas personas que han vuelto a nacer; ella, hasta en dos ocasiones.
La primera vez fue la más llamativa, pues mi madre volvió a nacer cuando aún no había nacido. Corrían los años crueles y sangrientos de la guerra civil. Mi abuelo, fusilado por rojo, descansaba y descansa en alguna cuneta de un pueblo extremeño. Mi abuela, sin tiempo a llorarle, se dejaba rapar la cabeza y se disponía a correr la misma suerte. Fue entonces cuando un soldado nacional reparó en que estaba embarazada. En el pueblo de al lado estar embarazada no te libraba de ser pasado por las armas; en el pueblo de mis ancestros, por suerte, te permitía vivir. Nunca un mojón fue tan decisivo en la vida de una persona. Así fue como mi madre nació de nuevo sin haber nacido y trajo de vuelta a la vida a mi abuela que la llevaba en su seno. La posición de ese hito es la que me permite, también a mí, estar aquí y poder escribir esto.
La segunda vez que mi madre volvió a nacer fue hace unos años. Un virus le atacó el corazón dejándolo tan afectado que, con solo un 5% de capacidad de deyección, fue desahuciada. Seis meses de vida le dio su médico. Seis meses de vida confirmó el cardiólogo particular que mi hermana y yo consultamos buscando un milagro. Por suerte a veces la ciencia tiene fisuras y quiso además la fortuna que cambiaran de médico a mi madre. El nuevo, un chiquito joven, tuvo la idea de intentar ponerle un aparato, una especie de marcapaso. Las posibilidades de sobrevivir a la operación eran pocas, casi tan remotas como la posibilidad de que el aparato funcionara. “Señora, querría usted intentarlo”. Si es para vivir mejor lo intentamos fue la respuesta de mi madre.
De momento aquellos seis meses se han convertido en seis años. Mi madre no es la que fue, pero tampoco es la que iba a dejar de ser. Vive y tiene una calidad de vida aceptable con sus dieciséis pastillas diarias, sus ajustes de medicación y sus revisiones.
El otro día la burocracia, consecuencia de los recortes sanitarios, ha decidido que volver a la vida dos veces es demasiada fortuna para un ser humano y pretenden poner a prueba la resistencia de mi madre y sus 77 años de lucha.
La historia es larga y tan irracional que me cuesta contarla. Por eso y por no cometer una locura hoy la dejo aquí. A veces hay que dejar que la indignación repose para poder contarlo sin que sea solo la pasión y el enfado los que hablen.

Juliki contando hasta diez

domingo, 23 de noviembre de 2014

Mi otra carrera


Siempre he pensado que durante mi estancia en la facultad yo hice dos carreras: la de química y la de barracón.
Tal vez quien no viviera la experiencia de los barracones no podrá entenderlo. Tampoco es fácil de explicar lo que aquel desangelado espacio y sus variopintos habitantes me aportaron ni cómo influyeron en mí para que hoy sea la persona que soy.
Gracias a ese ecosistema anejo a la facultad, yo no solo cursé las asignaturas propias del programa de químicas, sino que cada viernes, después de comer, acudía a un aula abierta de enseñanza no reglada, un punto de encuentro donde  aprender y disfrutar de disciplinas tan peculiares como las de diálogo, entendimiento, conspiración, relaciones sociales…
Los barracones era el lugar donde se organizaban las fiestas de paso de ecuador para recaudar dinero para el viaje. Cada semana un grupo organizaba su fiesta con música enlatada, alcohol, baile…Y para mí algo más, mucho más.
Cada uno vivió esa época a su manera; para casi todos era un lugar donde desfogarse del agobio de las clases de la semana; para muchos otros, un sitio para ligar o emborracharse y para algunos, un espacio de convivencia donde aprender sobre la vida y los demás. Mentiría si dijera que mi único objetivo era este último. Confieso que me desfogué, me emborraché e incluso intenté ligar en más de una ocasión; aunque esto último con escaso éxito. Pero lo cierto es que, visto con la distancia de los años, lo que más valoro de esas tardes-noches son las personas que allí conocí y las conversaciones mantenidas que me permitieron conocer a los demás y sobre todo para llegar a conocerme a mí mismo. Aún soñábamos con cambiar el mundo, luego… ¿nos hicimos adultos?
Durante los siete años que me duró la carrera asistí cada viernes religiosamente al evento. Unas veces durante solo unas horas; otras, hasta el cierre o incluso más allá. Eso en alguna ocasión propicio regresos a casa poco ortodoxos y algunas locuras que incluyen desde volver caminando durante casi dos horas de noche y campo a través,  hasta el viaje pseudosuicida de 12 personas en un SEAT 131 supermirafiori.
Allí pasaron muchas cosas sorprendentes, inenarrables; algunas absurdas y otras no tanto: Lepe perdió sus dientes, yo descubrí la perrera municipal y su cámara de gas, se creo la comisión de huertos con las biólogas, se gesto el BRL, conspiramos para cambiar el mundo…, pequeñas historias sin importancia para la mayoría, pero que fueron semilla de mi historia personal.
La vida siguió su curso de allí surgieron amores efímeros, parejas que aún perduran, amistades que ni la muerte pudo truncar y proyectos de personas que luchaban por serlo. Yo fui uno de ellos. Lo recuerdo con cariño. Sin poder evitar la resaca del tiempo que deforma el recuerdo. Con la añoranza de lo que pudo ser y que el presente se empeña en desmentir. Vivencias de mi otra carrera.

Juliki, licenciado en Barracón

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Despertares


Hay ocasiones en la vida en que el pasado se cruza ante ti como una aparición. Uno camina sumido en sus alegrías y desdichas y algo le envía a otros tiempos, al ayer. Me ocurrió la semana pasada. Había anochecido, regresaba a casa tras mi primera jornada como teleoperador; iba analizando mi futuro laboral, resignado con su única expectativa: la de la subsistencia.
Fue entonces cuando de un estante abandonado junto a un árbol, una pegatina me asaltó para despegar recuerdos de mi oxidada memoria.
La primera sensación fue esto se lo tengo que enseñar a Lepe. Me quedé paralizado ante la imposibilidad de hacerlo. Por desgracia, Lepe ya solo pasea por Lavapíes en mi recuerdo y solo puede ver el barrio a través de mis ojos. Imaginé su reacción como si lo tuviera a mi lado. Hay personas que se van y, aún así, siguen transitando a nuestro lado, conversando con uno desde su ausencia.
Luego pensé en Jon, mi excompi de piso, del BRL, de la carrera y de tantas cosas. Su recuerdo cruzó el océano que nos separa para materializarse ante mí y festejar  el encuentro de esa pegatina.

Lepe tenía buen aspecto, se parecía al delegadillo de antaño, pero con la madurez del adulto en que se estaba convirtiendo ante de marcharse; Jon  también parecía el de otros tiempos, con el pelo abundante a media melena, como en una foto en la que aparecemos él, yo y el Olmos abriendo taquillas en la facultad. Mil fragmentos de mi etapa universitaria con sus correspondientes sentimientos adosados desfilaron en unos segundos ante mí. Supongo que en ese momento también fui otro, sin coleta, con cara de niño, el precursor de Juliki que hoy soy.
Han pasado más de veinte años desde que la pegatina y los barracones formaran parte de nuestra realidad cotidiana. No obstante, al verla, me trasladé de Lava píes a la facultad y un montón de buenos recuerdos me hicieron rejuvenecer.
“En los barracones también se aprende”.  Sí, así fue; algunos aprendimos a intentar ser mejores personas. Queda la duda de si lo llegamos a conseguir…

Juliki revitalizado por el recuerdo

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Sonría, por favor


Ya es oficial. Mi nueva reconversión laboral se ha confirmado. Mañana empiezo. Teleoperador.
Si hasta ahora buscar trabajo con mi prolijo y variado currículo era misión imposible con esta nueva aportación, que abre una faceta aún no explorada, la tarea va a ser la leche. Lo bueno es que teniendo trabajo se supone que no tengo que buscarlo. Solo se supone.
Yo soy de buen conformar. Me gusta trabajar. He aprendido a vivir sin lujos y con cualquier cosilla me apaño, pero...
No, si estoy contento. En cuanto pase el pánico de los primeros días, mi voz se acostumbre a hablar sin descanso durante horas y le vaya cogiendo el tranquillo, igual hasta me gusta. Es lo que tiene ser un casi adicto al trabajo que, al final, hagas lo que hagas, te acaba dando algo de satisfacción.
Con mi edad, mi formación y tal como está el patio sé que soy un tipo con suerte. Poder decir que tengo trabajo, aunque no sepa hasta cuando, aunque no me vaya a permitir más que vivir al día y recortando lo ya recortado, es para estar satisfecho.
Voy hasta el espejo en un ejercicio de autoexploración e intentando refrendar la realidad. El tipo que me mira desde el otro lado no parece contento, ni afortunado. Tampoco da muestras de sentirse satisfecho. Está mayor. Parece cansado. Cansado de reinventarse, cansado de sobrevivir aparcando ilusiones, cansado de ausentarse a ratos de una vida que se aleja de sus sueños. Está cansado de estar cansado.
Busco en el armario, entre la ropa hippiosa y de colorinchis que ya no cuadra mucho con mi edad. Sé que en algún rincón, en algún momento guardé un puñado de alegría, un soplo de ánimo, una brazada de ilusión. No aparecen. Resignado voy al cajón de las caretas. Tampoco hay mucho donde elegir. Me decido por la sonrisa Profiden.
Suena el teléfono y es mi chica, deportada a Andalucía por eso de que el trabajo escasea y uno no puede decir que no a las pocas oportunidades que aparecen. Me cuenta cosas, me pregunta a que hora he quedado a cenar con mis amigos...
La realidad se transforma. La vida se llena de cosas importantes, de sentimientos reales. La vida tiene cosas buenas; muy buenas; estupendas. Paso junto al espejo y el clon inverso parece rejuvenecido. Algo parecido a una sonrisa se atisba tras la máscara.
Por suerte, a veces, incluso la sonrisa Profiden en lugar de convertirse en mueca acaba cobrando vida.

Juliki re-muchascosas

lunes, 10 de noviembre de 2014

La incertidumbre del volver a empezar


Ha trascurrido una semana desde mi último día de trabajo como captador para una ONG en los hospitales. Otra etapa que se cierra. Me quedaban aún unos días de vacaciones que he empleado en visitar a una amiga. Sosiego, conversación y afecto en grandes dosis. ¿Hay algo mejor para encontrar el equilibrio y disfrutar de esos días de asueto? Finalizado lo bueno, que no puede durar eternamente, vuelvo a la normalidad, a refugiarme en la soledad de mi espacio. Sensaciones raras en esta jornada de reflexión, quizás antesala de lo que se me viene encima. Mañana entrevista-curso de formación para entrar a currar en el call center. ¿Seré capaz de realizar la enésima reconversión? No estoy en edad de volverme a reciclar, pero la alternativa se parece bastante a una ausencia de alternativa. Es lo que toca. No hay otra.
Intento buscar el lado positivo y aunque eso de acabar un trabajo y tener la posibilidad de comenzar otro es para estar contento, no puedo evitar una cierta sensación de derrotismo, de resignación. Desde hace un tiempo cada nueva oferta de trabajo es como bajar un nuevo peldaño hacia el inframundo del mercado laboral. Peores condiciones, horario de tarde y, para colmo, colgado de un teléfono que es uno de esos aparatos con los que no acabo de hacer buenas migas. Prefiero el cuerpo a cuerpo, como en los hospitales,  donde al menos tenía delante a la persona y podía usar el lenguaje corporal, visualizar sus reacciones…
Da igual, habrá que aprender, ilusionarse y seguir intentando hacerlo bien. La tarea no importa si uno está decidido a intentar sacarla adelante.
Me gustaría haber terminado ya el curso de formación, conocer los detalles completos del trabajo y tener la certeza de que van a cogerme. Es tal vez esa duda la que me mantiene intranquilo, inquieto, expectante…
Miró la cama que parece invitarme a sumergirme en ese mundo onírico donde el currículo y la edad carecen de peso, donde si el trabajo es malo uno puede ahuyentarlo en un abrir y cerrar de ojos. Va siendo hora de abrazar a Morfeo, de intentar descansar para estar mañana fresco, aunque la incertidumbre se empeñe en seguir rondando en la cabeza. ¿Qué me deparará el mañana laboral? ¿Pesadilla o sueño? ¿Susto o muerte?

Juliki al borde de la piltra

viernes, 31 de octubre de 2014

Escritura terapéutica


Tengo una amiga que cuando escucha que alguien ha tenido que acudir a un psicólogo o a un terapeuta se pregunta si carecerá de amigos. Para ella la mejor terapia consiste en hablar los problemas con los que constituyen tu entorno inmediato y que tú has elegido para que formen parte de tu vida: los amigos. Insiste en que es mucho mejor contárselo a aquellos que se supone te quieren y conocen que a un perfecto desconocido. Además, uno se ahorra un dineral que siempre puede emplear en pagar la ronda de cervezas para agasajar a aquellos que te aguantan y te cuidan.
Yo, sin ser tan rotundo en la afirmación, comparto la idea. En el fondo cuando uno se sincera y se comunica con alguien saca a la superficie sus dudas, inquietudes, miedos… y en esa puesta en común hay una especie de liberación que, en si misma, es idéntica al primer paso de cualquier terapia. Por desgracia en los tiempos que corren a veces se hace difícil quedar con los amigos. Más, si por suerte o desgracia, uno habita una gran ciudad. La vida moderna con sus prisas crea distancias, vacíos, separaciones… y con ellas nuevas necesidades. Las terapias son un claro ejemplo; proliferan más porque cada día le dedicamos menos tiempo a esas charlas y puestas al día que se asemejan a las confesiones de antaño. Las quedadas, para economizar tiempo, tienden a hacerse en grupo y en ese maremágnum colectivo, el cara a cara y las distancias cortas y sosegadas que requiere la confesión resultan complicadas. Al final nos limitamos al resumen y a esbozar lo que han sido nuestros acontecimientos más relevantes desde la última vez que nos vimos las caras que fue… hace mucho, demasiado.
Yo no suelo ser de los que llaman para quedar, el teléfono me da cierta alergia. Me gusta el trato directo y me desagrada conversar con alguien al que no puedo ver, ni sentir como reacciona. Por eso cuando pienso en dar el toque siempre acabo dejándolo para mañana. Tampoco se me da bien pedir ayuda cuando la necesito y para no acabar en una terapia con un desconocido, que posiblemente no me podría pagar, busco otras alternativas cuando los amigos no están a tiro. Escribo. En el fondo es ideal para alguien que tiene estrategia de rumiante. Primero te lo cuentas a ti mismo y si luego quieres socializarlo lo publicas en un blog; incluso puede que alguien comente algo y la terapia sea casi completa. Tal vez algunos de los blog que figuran por la red tengan una segunda intención subconsciente: la de ejercer una especie de terapia de bajo coste. Por cierto, tengo que dejaros; se ha acabado el tiempo de la sesión.

Juliki reflexivo y cumplidor

jueves, 30 de octubre de 2014

Nimiedades con enjundia


Aún hoy, próximo a entrar de nuevo en la vorágine del cambio, hay situaciones que me tranquilizan y me llevan a un punto de sosiego que debe ser algo parecido a disfrutar de la vida. Estar de vacaciones ayuda, cambiar de aires es primordial, más si en esa ciudad es donde ha ido a aposentarse, por obligaciones del guion laboral, una parte importante de mi vida. Hasta ahí las condiciones prometen, pero si le añadimos un paseo, un mercadillo tipo rastro antiguo y un mercado de abastos la mezcla se convierte en un bálsamo reparador.
Hoy los ojos se me llenaron de baratijas, cristales geométricos de lámparas, ropajes excéntricos, antigüedades con aroma a sapiencia, libros donde el polvo y la cubierta se confunden y miles de cachivaches más que me retrotraen a la infancia.
Recuerdo esos domingos de la mano de mi padre en el rastrillo de Tetuán, con los ojos desorbitados admirando aquellas maravillas que sobre una tela en el suelo se agolpaban informes: esos objetos desparejados, los juegos incompletos o los muñecos amputados que por unas monedas podía pasar a formar parte de mi universo infantil. Compañeros de juegos, tullidos, pero que me hacían feliz. Eran otros tiempos donde cualquier nimiedad desataba la ilusión, donde todo era nuevo y por descubrir, donde la escasez se suplía con imaginación.
Ahora es distinto, los chavales han visto de todo, tienen de todo y sus juguetes acaban en el contenedor al menor rasguño o simplemente despreciados por aburrimiento a las pocas jornadas de juego. Eso sí,  para ser sustituidos por la última novedad anunciada en la tele que les llegan encapsulada en toneladas de plástico y embalajes más costosas y contundentes que el propio objeto.
Creo que tuve una infancia feliz, aun sin scalectrix ni bici ni balón de reglamento ni…
Estaban esos pequeños objetos de saldo que junto a la grapadora, una simple chapa y una canica mellada convertían las tardes de invierno tumbado sobre la alfombra en un mundo infinito y lleno de aventuras por vivir.
Salgo del trance y continuando el paseo aterrizo en el mercado, ese lugar que conserva la cercanía de antaño, ese trato amigable entre perfectos desconocidos que, en las grandes superficies, se evapora en pos de unas prisas que todo lo adulteran. Huelo el pescado, admiro el colorido de la fruta y vuelvo a estar repleto de sensaciones agradables, cercanas, vívidas.
La vida esta compuesta de pequeños instantes de sosiego que obviamos al intentar vivirla con demasiada premura e intensidad. Es un error perseguir a la carrera la plenitud, porque la esencia se encuentra en lo aparentemente banal: un paseo sin rumbo, un bártulo sin utilidad aparente, la luz del mediodía cruzando sin prisa el mercado al acabar la jornada.

Juliki en calma antes de la tormenta

miércoles, 29 de octubre de 2014

Espectadores sin voluntad


Vivimos ante una paradoja diaria. Tenemos la información más accesible que nunca y a la vez nuestro grado de desinformación es el más elevado. La cantidad de noticias a nuestro alcance es tal, que no nos da tiempo a procesarlas y pasan ante nuestros ojos sin dejar demasiada huella o no toda la que debieran. La abundancia de sucesos y la inmediatez con que los vivimos hacen que muchas veces nuestra reacción ante ciertos acontecimientos sea escasa o nula.
Contemplar los telediarios es como estar sentado en una butaca con los tobillos y las muñecas sujetas por correas; ante nosotros vemos desfilar la realidad como si se tratara una carrera de F1. Lo peculiar es que en cada vuelta los coches cambian, son de otra escudería y el piloto que los conduce es nuevo. Da igual si se saltan las normas o cometen irregularidades seguimos observando, de manera pasiva, mientras su carrera continua.
Un escándalo tapa al siguiente en pocas horas o días y la indignación que nos provocó en su momento, se diluye. El resultado es que trascurrida una semana ciertos personajes dejan de ser noticia y olvidamos la rabia que nos provoco su actuación.
Repaso la lista de listillos y ladrones que tanto abundan en estos días y me sorprende descubrir que la mayor parte de ellos permanecen en el olvido, están pendientes de un farragoso proceso judicial o siguen con su vida como si nada. Casi seguro que saldrán indemnes.
¿Cuál es nuestra reacción? No existe; no hay reacción. Nos acostumbramos y acabamos asumiendo que el mundo es así. Volvemos a nuestra vida con afán de sobrevivir, pues mañana será otro día en el que toca madrugar. Esa vida diaria nos deja exhaustos y los problemas cotidianos anulan nuestra respuesta.
Antes destapar un caso, saber la verdad sobre un asunto escabroso tenía consecuencias para el infractor. Ahora pasamos a la siguiente página y leemos el siguiente relato sin conocer el final del anterior. La mayor parte de las historias acaban con un final abierto o lo que es peor un final trucado. Se van de rositas y nosotros seguimos sin reaccionar, sumidos en una especie de involución.

En el siguiente enlace se habla sobre esa inacción y da que pensar: http://gazzettadelapocalipsis.com/2014/01/07/por-que-no-estalla-una-revolucion/

Juliki arreactivo

lunes, 27 de octubre de 2014

Surfear, nadar, hacer el muerto o…


Está claro que para mantener una rutina, además de constancia, se necesita estabilidad. Al menos yo.
Cuando los pilares en los que baso mi existencia sufren vibraciones por un posible tsunami o revolución me pongo a rumiar, a temblar y abandono mis más firmes propósitos. Suena a nueva excusa, pero es real como que el sirimiri te cala sin que te des cuenta.
Las dos últimas semanas mi mundo laboral ha vuelto a convulsionar con pros, contras y algún no sabe no contesta.
Todo empezó con una llamada de mi exjefe que, acuciado por unos trabajos urgentes, decidió ofrecerme trabajar en negro ocupando mi anterior puesto de trabajo, el que tenía con contrato. Como mantenía el curro con la ong, en el que cotizaban por mí, aunque fueran unas pocas horas, decidí no planteármelo y  rehusar amablemente con un “en otra ocasión será”. En mi mente, no obstante, quedó el runrún dañino de dilucidar si tiene sentido caer tan bajo y ocupar en B el puesto de trabajo que otrora fue tuyo en A. La necesidad supongo que nos puede hacer rebajarnos aún mas, sobre todo, cuando uno no puede alimentarse con sus principios; pero ese es debate para otra ocasión.
A la par un amigo de un amigo, única forma real de acceder a un trabajo, me puso en contacto con una gente que tiene un proyecto educativo con chavales muy interesante. Buscaban profes con conocimientos en ciencia y capacidad para sumarse al proyecto educativo. Nada de lo que poder vivir, pero sí al menos unos ingresos ocasionales con una actividad ilusionante. La cosa prometía y tras charlar con ellos vía skipe, me invitaron a asistir a una clase para ver la dinámica y conocernos. Lo que ocurrió me dejó totalmente descolocado y me lo reservo para una próxima entrada pues todavía ando intentando comprender la experiencia.
La tercera gran oleada surge cuando unos días después de confirmarnos los nuevos hospitales para el mes de noviembre mi jefa se presenta a comunicarnos que el curro de captador de sms, ese en el que cotizaban por mí, se acaba el 7 de noviembre. Por suerte o desgracia el anuncio viene acompañado de un “premio”, que consiste en una oferta para trabajar cuatro horas por las tardes en el call center en unas condiciones aún por determinar, pero que no creo que sea un paso adelante en mi mejora laboral sino más bien lo contrario.
Y en esas ando, surfeando sobre el tsunami, me temo que camino de una mayor precariedad laboral o del paro sin derecho a prestación de desempleo si nos ponemos en lo peor; pensando que si soy coherente un mes más toca hacer entradas como loco o cerrar el blog. Y es que no hay mejor antídoto que centrarse en problemas menores cuando la ola de las preocupaciones irresolubles está a punto de engullirte.

Juliki sin salvavidas a mano

domingo, 12 de octubre de 2014

Las caras del mundo


El ébola se ha convertido en la gran amenaza que ha invadido el mundo, al menos el informativo. En unos pocos días no se habla de otra cosa. Es cierto que la posible expansión de una epidemia es para que salten todas las alertas, se tomen precauciones y para que todos nos pongamos a buscar una solución.
Pero el ébola no ha salido de la nada para infectar nuestras vidas. Lleva existiendo años y durante ese tiempo apenas ha ocupado unos segundos en los telediarios, por lo general en el tiempo basura de los mismos, sin acaparar titulares.
¿Qué ha cambiado? ¿Las muertes masivas? Pues no. De hecho, creo que en las últimas fechas no se ha producido un incremento del número de fallecidos. La diferencia estriba en el lugar de residencia de los muertos y la calidad de los mismos. Si la vida que se pierde es del mundo civilizado hay un peligro mundial; si mueren negros en África será porque son descuidados y tercermundistas, pensaran algunos; otros, atareados en su vida de primer mundo, ni se molestaran en pensar en esa perdida de vidas; solo una minoría alzará su voz y reclamará una cura para esa enfermedad mientras  tan solo afecte al tercer mundo.
Eso sí, ahora que unos pocos ciudadanos de primer nivel se han visto infectados por el virus se reclama a los gobiernos una urgente actuación y todos nos preocupamos de que se encuentre una cura. Ahora se habla de sacar una vacuna en unos pocos meses, cuando llevan años padeciendo la enfermedad en África.
Es triste, pero en la cara A del mundo, donde lo importante es la economía, las personas tienen un escaso valor y si son miembros de la cara B de dicho mundo, entonces ninguno.
Oigo una noticia propia de la sociedad deshumanizada en que vivimos y que confirma mis palabras. Hay preocupación por que el asunto del ébola haga caer la Bolsas y eso afecte a la economía.
¿Qué fue de la importancia de vida de cualquier ser humano sin importar su sexo, raza, ideología, religión o procedencia? Papel mojado de los derechos humanos seguramente.

Juliki, miembro accidental de un mundo de inhumanos

domingo, 5 de octubre de 2014

Curarse por dentro


Tendemos a culpar a otros de nuestros males. La lista de sospechosos es larga: nuestros padres, profesores, novias, amigos, parejas, jefes…
Cuando ninguno de ellos está a tiro culpabilizamos al azar, a las circunstancias, a la providencia o incluso al gobierno. Es cierto que todo lo que nos rodea influye en nuestra vida; también esas personas que forman parte de nuestro entorno interfieren en lo que nos ocurre y en las decisiones que tomamos; pero no son los responsables del devenir de nuestra existencia.
La culpa, si es que hay que cargársela a alguien, es enteramente nuestra. Nadie más que uno mismo tiene la responsabilidad de conducir su vida, pero como nos da miedo pilotar  nuestra existencia, nos apoyamos en otros para repartir la culpa y llegado el momento de que algo salga mal, optar por lo cómodo y sencillo, que es señalar con el dedo al otro e ir de mártir.

Yo, como casi todos, fui quemando etapas y, cuando creía que me estaba convirtiendo en un adulto más o menos integro y mi vida parecía encarrilada, me encontré con el páramo de paro. La travesía hasta el siguiente trabajo fue dura, pero el reingreso a una vida laboral de clase b, donde el futuro acabó ayer y la única expectativa es sobrevivir a un mañana que no existe, han creado una fractura en la persona que creía ser. Es como si la ilusión se fragmentara en miles pedazos que pasan a constituir un puzle infinito. Si solo fuera eso lo que ocurre uno podría armarse de paciencia, reunir las piezas y recomponer su vida, pero la realidad es que además, cuando quieres ponerte a la tarea, notas, sientes, sabes que faltan piezas.

Lo que me ocurre con el blog es un claro ejemplo de ello. Quiero y no puedo. Llevo tiempo buscando una pieza esencial en el Juliki que fui: la constancia. Ese martillo pilón que golpea incansable una y otra vez hasta que consigue dar forma a la vida que quiere vivir. Lo malo es que siento que ya no está en la caja. De momento la voy sustituyendo por otras parecidas: el esfuerzo, la obstinación, los compromisos forzados…, pero que no cumplen la misma función. No encajan en esa posición.

Como este mes no quiero que pase como en los dos anteriores y dedicarme los últimos días a escribir a lo loco para completar las seis entradas. Intento empezar antes.
No es la constancia de antaño reencontrada. Es fabricar una pieza falsa que dé el pego, usar un parche, poner una tirita, que no sana la herida, solo la protege.  Soy consciente que para volver a ser el que fui debería curarme por dentro, pero de momento intentamos evitar que la herida se gangrene hasta encontrar la medicina sanadora. Una de esas piezas que completan el puzle.

Juliki manipulando fichas

martes, 30 de septiembre de 2014

Propaganda no es información


Recibo en mi buzón un panfleto del partido popular que viene acompañado de una carta firmada por la alcaldesa, Ana Botella.
La primera sensación es de confusión: ¿esto lo manda el partido o el Ayuntamiento? Lo segundo que me pregunto es quién lo paga, pero prefiero obviarlo e intentar comprender de qué va esa publicidad. A medida que mis ojos recorren el texto y este es analizado por mi cerebro el contenido de la supuesta información se transforma en autobombo.
La carta y el folleto se dedican a ensalzar los logros del partido en el gobierno de Madrid. Regresa la duda, ¿Esto es un resumen institucional de las tareas que ha realizado el Ayuntamiento? No, la palabra populares impresa una y mil veces para que se grabe en el cerebro del lector y quede claro que todo lo bueno lo hacen ellos me lleva a la conclusión de que es del partido. Descubro que es lo que a mi cerebro le causa esa confusión. En el folleto predomina el color azul, el mismo tono que he visto impreso en la mayor parte de la publicidad del Ayuntamiento. Desenmascarada la publicidad subliminal me centro en el texto. No tiene desperdicio.
“Hemos reducido la deuda del Ayuntamiento” como si dicha deuda se hubiera generado sola o fuera algo totalmente ajeno a ellos y su gestión al frente del consistorio.
Hablan del dinero invertido como si hubiera salido de las arcas del partido y no del expolio que han sufrido los ciudadanos con las continuas subidas de impuestos.
Se cuelgan medallas por su constante preocupación por el bienestar de los ciudadanos como si la situación precaria de los mismos estuviera ya resuelta y todas las carencias fueran a ser cubiertas.
Incluso aparecen promesas para el 2016 y no en términos de “si gobernamos haremos…”, sino en plan “Vamos a hacer” Y vuelve la duda, ¿es la prepotencia del que se cree ganador antes de correr la carrera? ¿Consideran que a pesar de todo van a ganar sin despeinarse, sin que les pase factura su desfachatez? Tal vez sí. Tienes sus fieles y son capaces de hacer piña.
No voy a seguir analizándolo que me enciendo y no estoy por la labor acabar el mes cabreado. Son así. No sé de qué me extraño.
Nos tratan como si fuéramos tontos y exhiben su mayor cinismo adornado con una sonrisa profiden, esperando que nuestro encefalograma plano, provocado por el intento diario de sobrevivir, camufle sus intenciones; para así, volver a conseguir los votos y mantener la pantomima.
Una vez más manipulación de la información, autobombo, venta de humo y falsas promesas. Definitivamente la campaña electoral ha comenzado.

Juliki lector de cualquier cosa

lunes, 29 de septiembre de 2014

Cuando el Dr. Jekyll deja de jugar a ser Mister Hyde


Siempre me ha parecido que Alberto Ruiz-Gallardón era, en potencia, el político más dañino y peligroso del panorama nacional. Su preparación es indudable, lo ha mamado desde la cuna; lo malo es que bajo esa apariencia afable, educada y de corrección extrema siempre he pensado que se escondía un fanático, con las ideas claras y un programa perfectamente elaborado para llegar a lo más alto y acabar imponiendo sus ideas.
A su lado, Esperanza Aguirre, tan fanática como él, me parece mucho menos peligrosa pues siempre se tiene claro de donde viene y a donde se dirige. Es como la bruja averías a pecho descubierto. Alberto, en cambio va enmascarado, representando un papel y vistiendo al disfraz perfecto según la ocasión sabedor de con quien toca el próximo baile.
Por eso me ha sorprendido tanto la “evolución” de Ruiz-Gallardón desde que le nombraron ministro. Es como si se hubiera quitado la máscara y se mostrara tal cual, con su radicalismo más rancio, esforzándose por aparecer ante todos como el salvaguarda de esos valores patriarcales de antaño. ¿Qué pretendía? ¿Congraciarse con esos sectores de la derecha que le habían considerado blando y progresista? ¿Buscar una nueva vía para alcanzar su sueño de ser presidente?
Miedo me da pensar que también esto forme parte de un plan pergeñado de antemano y que su actual dimisión no sea la pataleta de alguien al que el partido ha dejado con el culo al aire, sino una jugada magistral retirándose, ahora que en la izquierda soplan aires de frescura y renovación, para reaparecer al frente de sus huestes enarbolando la bandera de la salvación de la patria en nombre Dios.
Espero estar en un error y que el Chucky de la derecha simplemente se haya retirado a un segundo plano desencantado por no ver cumplido el destino divino para el que se consideraba elegido.

Juliki con la mosca tras la oreja

domingo, 28 de septiembre de 2014

Dudas no profesionales


Cambiando el tercio y, por no estar siempre mirándome el ombligo y aburriéndome hasta a mí mismo con mi futuro laboral, voy a observar alrededor y reflexionar sobre uno de los derechos, en teoría de los más importantes, que tenemos los ciudadanos: el de elegir a nuestros representantes.
Me parece recordar que la que la última vez que ejercí mi derecho al voto, por primer y creo que última vez, debió de ser allá por un aciago 12 de marzo de hace mucho tiempo. Concretamente ese día se planteaba el referéndum para la entrada o no en la OTAN. Yo andaba ilusionado pensando que al día siguiente, que era mi cumpleaños, amanecería con un “No” en el escrutinio como primer regalo del día. ¡Qué inconsciente! Era joven e iluso, claro está, y el desencanto fue morrocotudo. De todo se aprende y ese primer chasco sobre mis congéneres y la democracia me sirvió para pasar meses pensando sobre mi actitud ante las votaciones. Esa reflexión me llevó a tomar la determinación de no votar mientras no existiera una alternativa digna de recibir mi apoyo. Alternativa que aún está por llegar.
Sé que son muchos los que opinan que quién no participa no tiene derecho a quejarse. No comparto en absoluto esa opinión. Creo que no votar es un posicionamiento tan valido como el que decide hacerlo y expresa una opinión y una forma de participación. Es más, creo que el no voto debería reflejarse en los resultados, computarse, de tal forma que los políticos lo consideraran y pudieran evaluarlo como baremo de éxito o fracaso del ejercicio de su labor. Si los políticos tuvieran en consideración la cantidad de gente que no participa, fueran honestos y se cuestionaran de manera real que eso implica, tendrían que reconocer que los actuales porcentajes de participación indican que no están realizando bien su trabajo. Lamentablemente eso no ocurre y andan más preocupados por mantener sus prebendas y no incumplir la disciplina del partido que por ser los portavoces de esos votantes a los que deberían escuchar y representar.
Desde aquel lejano 12 de marzo me he vuelto a sentar antes de cada nueva elección a analizar la labor de los políticos y los partidos, buscando una alternativa votable para al final concluir que no había a quien apoyar y acabar no votando.
Las pasadas elecciones europeas volví a sentarme conmigo mismo a valorar cual debería ser mi decisión. Por primera vez en mucho tiempo tuve ciertas dudas y estuve considerando ir a depositar mi papeleta. La opción elegida hubiera sido Podemos. Al final decidí esperar y ver si era real esa apariencia de participación colectiva y asamblearia, si dicha formación mantenía su coherencia, si cumplían con lo que proponían y no se malograban por el influjo del poder.
Por ahora no la han cagado y eso es mucho. Sobre todo teniendo en cuenta que es prácticamente imposible que no lo hagan con el crecimiento que experimentan y la campaña de desprestigio a la que se ven sometidos. Me mantengo a la expectativa, sigo su trayectoria y observo su evolución. No voy a adelantar mi decisión hasta que llegue el momento, pero he de reconocer que por segunda vez en mi vida de elector potencial tengo cierta ilusión ante la posibilidad de acabar acudiendo a depositar mi voto. Si al final me decido, espero no descubrir por segunda vez que soy un iluso y que los años solo me han servido para tropezar, otra vez, con un nuevo desengaño.

Juliki mirándose otro ombligo

jueves, 25 de septiembre de 2014

Sondear el entorno


Cuando uno se sienta a analizar su situación no siempre resultan agradables las conclusiones a las que se llega. Puede ocurrir que uno acabe enfrentándose a realidades difíciles de digerir. He aquí algunas:

1-Tengo 47 años y es complicado, tirando a imposible, que el mercado laboral vaya a ofrecerme posibilidades de encontrar trabajo por cuenta ajena.
2-La solución en estos tiempos quizás resida en generar tu propio puesto de trabajo.
3-No soy un emprendedor, no tengo espíritu emprendedor, no sé si puedo llegar a serlo
4-Tengo claro que no puedo ni quiero arrancar un proyecto en solitario.
5-Algo hay que hacer. Pronto. Casi ya.

Llegados a este punto uno se enfrenta, quizás, a una ecuación irresoluble. Ese conflicto eterno entre querer, deber y saber. Debo hacer algo para cambiar el curso de mi situación laboral, quiero hacerlo, pero no sé qué ni cómo llevarlo a cabo. Mal comienzo.
¿Hay otras alternativas? Algunas quedan: esperar y resistir, infructuosamente me temo; que el boca a boca me proporcione un empleo, bastante improbable; que un mecenas que confíe en mí me monte un negocio brillante para que con mi trabajo incremente su capital, altamente ilusorio dado que no frecuento mecenas; y por último que me toque el euromillón, según mi hermana un imposible. A mí, a pesar del pesimismo de mi hermana, esto último me parece lo más viable, al menos mientras pueda permitirme seguir jugando de vez en cuando.
Intento buscar alguna opción más realista y tangible; es entonces cuando resuena en mi cabeza la voz del desconocido del bus a Sevilla y rememoro parte de la conversación que mantuvimos.

—Tienes que generar tu propia salida, reinventarte.
—Para eso hay que ser creativo y tal vez más joven.
—Tú lo eres. Mucho más de lo que piensas. ¿Hay algo más creativo que saber adaptarse a cualquier tipo de trabajo? Tú lo has hecho y varias veces. Además, tienes ganas de trabajar, te apasiona hacerlo. Eso acaba con cualquier supuesta limitación por motivos de edad.
—El problema que tengo es que no se me ocurre en que reconvertirme esta vez.
—Vale, no te bloquees y analiza las cosas sin negatividad, sin que todo sea de antemano un supuesto problema.
—Aunque no lo consideré un problema sigo sin saber que hacer.
—Vamos por pasos. Primero busca una idea.
—Ya lo he hecho, pero no encuentro ninguna que me motive o me dé confianza.
—Entonces busca ayuda. Usa la técnica del espejo.
—¿Cualo?
—Pregunta a amigos y conocidos en que te ven trabajando ellos. Ninguno va a dar la solución, pero sus comentarios pueden sugerirte ideas, contribuir a desechar otras… Seguro que te ayudaran a pensar con más claridad y criterio; podrás ver cosas que ahora ni te planteas: de ti mismo, de tus capacidades, de tus posibilidades…
—Y si nada de lo sugerido me convence.
—Estás negando la posibilidad antes de plantearla. Qué el pesimismo no te impida arrancar. No puedes abandonar antes incluso de empezar a actuar. Prueba, pregunta…
—Bueno, entonces el paso previo a encontrar la idea es preguntar a otros en que proyecto creen que puedo embarcarme.
—Eso mismo.
—Y ya que estamos ¿Tú en qué me ves?
—Buena pregunta. Ves como tu mente es más ágil de lo que piensas.
—Sí, pero no te escabullas y responde, ¿en que me ves trabajando? ¿Qué proyecto crees que puedo poner en marcha?
—Yo creo que te podrías dedicar a…

Juliki esperando tú respuesta

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Procrastinación compulsiva


Vuelvo a las andadas. Escribir para mí es una forma de afrontar los problemas y, cuando quiero esconderme o la confusión se extiende como la podredumbre en una manzana picada, me dejo abrazar por la desidia, paso de escribir, o sea de pensar, y renuncio a encarar la realidad. Después de más de veinte días, descontando el simulacro de ayer, retomamos los intentos de explicar lo inexplicable, de aclarar el desconcierto que me ha mantenido con la mente en blanco y las teclas en reposo. Allá vamos.
¿Qué es lo que ha provocado este parón más allá del regreso a la rutina? Pues todo arranca con las vacaciones. El caso es que en mi viaje nocturno camino de Sevilla coincidí con un personaje que sembró en mí múltiples incertidumbres. Fueron ese tipo de dudas que uno tiene cuando alguien te hace pensar al escuchar de su boca lo que, sabido como cierto, te niegas a afrontar.
El desconocido, que dejó de serlo durante las horas de conversación, es aquello que yo tal vez nunca llegue a ser: un emprendedor. Alguien que cree en sí mismo, capaz de arriesgarse, montar negocios, arruinarse y volver a empezar. Cierto es que siendo informático siempre puede trabajar durante un tiempo como freelance o por cuenta ajena en proyectos concretos hasta reunir el dinero suficiente para recomenzar una nueva aventura. También es más joven y, no nos engañemos, eso tiene su importancia. Da la casualidad que una de las aventuras que ha emprendido y que aún mantiene en funcionamiento es la del coaching, con lo cual, aprovechando que estábamos conociendo, nos pusimos manos a la obra.
Me pasé la mayor parte del viaje analizando mi futuro laboral bajo asesoramiento gratuito y desinteresado. La conversación me confirmó algo que en mi fuero interno ya sabía y es que, si quiero reintegrarme al mundo laboral, me toca mover ficha.
Desde aquella conversación mi cabeza es un batiburrillo de ideas que se ordenan y desordenan a ritmo de mis pulsiones. Unas mañanas, las menos, me levanto con ganas de comerme el mundo y ser un emprendedor; otras, la mayoría, amanezco dispuesto a tirar la toalla y dejar que el mundo me devore sin oponer resistencia.
Como esa situación solo produce desgaste y no soluciona nada, creo que va tocando cambiarla. Habrá que ponerse a ello. Decidido desde ya mismo porque no queda otra.
Bueno, igual luego un poco más tarde o tal vez mañana. Mejor aún pasado o…

Juliki bajo el influjo del no hagas hoy lo que puedas aplazar mañana

martes, 23 de septiembre de 2014

¿Azar truncado o trucado?


Lo malo de adquirir un compromiso es que uno debe cumplirlo o atenerse a las consecuencias por no haberlo hecho.
Cierto que también puede uno engañarse, incumplir su palabra, buscar excusas culpando a otros o a las circunstancias e, incluso, cambiar de opinión. Vamos, el típico donde dije digo, digo Diego…
Seis entradas en un mes no es nada. Supone escribir algo cada cinco días. Así visto parece más que factible. Eso sería cierto si uno tuviera la cabeza en su sitio: sin la incertidumbre de un pseudotrabajo de supervivencia, sin la tristeza que ronda por la separación no deseado, sin esos reencuentros que saben a menos y nada, y sobre todo con esa carencia de ilusiones que, cual polillas muertas, se acumulan a los pies de la cama para alfombrar el desencanto cotidiano.
Y dicho esto ¿que pretendo hacer con mi blog? Yo diría que lo mismo que con mi vida o con mi futuro laboral y que podría resumirse en un: “Ni puta idea”.
Si me atengo a la coherencia, quedando tan poco para acabar el mes y con tantas entradas por escribir lo lógico sería dejar a mi otro yo la última palabra y cerrar el blog.
Y cuando quiera escribir, reflexionar, quejarme o criticar como desahogo, ¿qué hago? ¿Me abro otro blog? ¿Escribo en la intimidad de un diario? ¿Me aguanto?
La otra alternativa es darme una jarta de escribir, tal vez repetirme, aburrir a las ovejas con reflexiones sin mucho sentido y llegar a fin de mes con seis entradas chapuceras hechas para comenzar el nuevo mes con otro espíritu…
Je, je, je… Otro espíritu en el mismo cuerpo; con las mismas perspectivas, el mismo ánimo, las mismas contradicciones.... Vamos, lo que viene a ser un volver a empezar en toda regla: tropezando en la misma piedra, cometiendo los mismos errores y queriendo cambiar sin hacerlo, sin saber cómo hacerlo.
¿Tiene sentido? Ni puta idea.
Saco la moneda y me dispongo a usar el método más universal y reflexivo para la toma de decisiones. Si sale la jeta del rey, el de antes, aplicamos su sabiduría con el conocido: “Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir… voy a escribir estos días hasta completar las entradas y el próximo mes seré constante y bla, bla, bla”. Si sale cruz pues cerramos el chiringuito y que hable la voz de los supertacañones por última vez.
And the winer is… Ni puta idea. De momento.

Juliki en manos del azar

domingo, 31 de agosto de 2014

¿Caos programado?


Se aproxima septiembre y da comienzo el nuevo curso. Es época de elaborar listados de buenas intenciones que se incumplirán una vez más o de desistir del intento y vivir el día a día a pelo. A mí me gustaría probar una nueva alternativa.
La idea no es mía. Surge de una conversación de madrugada en un autobús camino de Sevilla, pero antes de plantearla mejor contar los antecedentes.
La historia, peculiar cuando menos, comienza al llegar a la estación de autobuses. Había decidido para ganar tiempo y evitar aglomeraciones propias de los días de operación salida viajar de madrugada. Lo segundo no se cumple. La estación está abarrotada y el caos se extiende en el andén. Mi autobús, el número dos, no aparece. Recorro las dársenas preguntando a los conductores que llegan que dicen no saber el número de su autobús hasta que pasen por control. Lo dicho el caos. Localizo el uno, el tres, el cuatro, el once, doce, trece, catorce… Del dos ni rastro. Los pasajeros del dos paseamos las mochilas y maletas pululando sin precisión, como un electrón sobreexcitado, preguntándonos entre nosotros. Me canso de seguir a la manada y me paro a pensar. Hay un hueco entre el coche uno y el tres. La lógica dice que ahí parará el dos. Otro chaval parece haber pensado lo mismo. Lo confirmo en un breve intercambio de palabras. Quedan cinco minutos para la salida y la manada se arremolina junto a nosotros preguntando. Ambos respondemos no saber, pero que pensamos que llegará a esa dársena vacía. Llega un bus, el conductor sale y la masa se le hecha encima. El chaval y yo esperamos sabedores de la respuesta que les espera. “No sé el número hasta que pase por control”. Regresa el chófer y antes de que la masa le arrolle exhibe el papel con el número dos. El chaval y yo nos sonreímos. La lógica funciona a veces. Dejo la maleta y subo al autobús. Mi plaza es la 36. Unos asientos antes de localizar el mío saludo al pasar al chaval ya sentado en su sitio. Acoplado en mi asiento escucho una conversación ajena. Una parejita de píe pregunta a otro ocupante si puede cambiarles el sitio para ir juntos. Él, amablemente, les indica que siempre pide esa plaza que es un poco más amplia, la que hay justo sobre la puerta trasera, y que no quiere cambiarla. La pareja parece contrariada. El ocupante se apresura a indicarles que pueden intentarlo con el viajero de la otra plaza. “Cierto, vamos a preguntarle al de la 36”. No doy tiempo a formular la pregunta. Me levanto y les indico: “el 36 os cambia el sitio”. Tras los agradecimientos llego a mi nueva ubicación. Allí el chaval con el que conversé en el andén me dice. “Tenía el presentimiento de que este viaje lo haríamos juntos” Pienso en las casualidades, en la afinidad con ciertos desconocidos, en ese destino ya escrito que algunos defienden. Nos presentamos y el viaje comienza, con retraso, pero prometedor.

Juliki en la ruta

viernes, 29 de agosto de 2014

Generosidad contable


Llevo una temporada escuchando y leyendo quejas sobre la falta de reciprocidad de ciertas acciones que me dejan un tanto anonadado. Supongo que gran parte de esos comentarios son achacables al uso que se hace de las redes sociales. Esa costumbre de ser políticamente correcto en la red, porque nunca se sabe, que nos hace navegar con la careta puesta y la calculadora de la rentabilidad en la mano.
Comentarios del tipo “no entiendo porque la gente a la que le doy al me gusta no hace lo mismo con mi pagina” o “no soporto que “amigos” a los que apoyo acudiendo a sus  eventos no hagan lo mismo con las míos”, me parecen preocupantes. Demasiado egocentrismo suelto. Me dan ganas de sugerir siempre una posible respuesta: ¿No te has planteado que aunque a ti te guste o interese la página o el trabajo de otro no necesariamente el tuyo tiene que ser de su agrado?
Soy un defensor del beneficio del apoyo mutuo. Pero cuando uno decide que algo le gusta o le interesa, como acudir a un evento, toma una decisión personal y desinteresada. Si alguien generosamente apoya algo o a alguien se supone que lo hace porque le gusta, le apetece o similar. Sin esperar nada a cambio. Si regalas tu tiempo, tu afecto o tu esfuerzo no deberías querer ni esperar nada a cambio. Un regalo es eso: dar. Uno decide de manera voluntaria en qué o quién emplea su generosidad y esa generosidad no lleva implícita en ningún caso la reciprocidad. Si la hay, pues bienvenida sea; si no aparece, es absurdo esperarla, exigirla o reprochar su ausencia.
Los afectos no son moneda de cambio, no son un trueque comercial. Uno los siente los deja fluir y disfruta repartiéndolos. Es bonito cuando son mutuos, pero uno, al darlos, no los contabiliza, no los entrega esperando ser correspondido ni recompensado.
En las redes sociales y por desgracia en la vida real se están olvidando dos de las que yo creo virtudes necesarias: la sinceridad y la generosidad. Que le vamos a hacer soy un antiguo. Aunque parece que no el único. Para muestra un fragmento de “Mientras no digas te quiero” donde los personajes de Lola Beccaria lo explican mejor que yo.

“Pues que el servicio a los demás debe hacerse con elegancia, sin espíritu contable. La  generosidad no debe practicarse a la espera de una reciprocidad a toque de corneta. Eso es lo que hace que te pongas en el lugar equivocado. Cuando das, si inmediatamente te colocas a la espera de la palmada en el lomo, estás convirtiéndote en una pordiosera que pide su limosna, o bien en una sargenta que exige lo que le deben, y así corres el riesgo de no ser pagada como deseas. Uno puede programar su propia generosidad, lo que no puede hacer es programar el agradecimiento de los otros.”

Al final va a resultar que el mundo virtual nos lleva también al engaño y al error.  No es bueno ni realista creerse que uno tiene 5000 amigos, aunque sea de manera virtual. Como los abrazos, los amigos deben sentirse. Es mejor poder tocarlos y, por desgracia, suelen contarse con los dedos de las manos.

Juliki regalando críticas

martes, 26 de agosto de 2014

Convivir con la contradicción


Quejarme de mi trabajo y a la vez defender que ansío conservarlo a toda costa no deja de ser una contradicción.
Si el trabajo no es lo que buscaba o no complace mis expectativas debería dejarlo y buscar otro. El problema es que después de mi experiencia desesperante buscando sin resultados me ronda la casi certeza de que a ciertas edades ser contratado es casi una quimera. No sé si es que con la edad uno pierde el valor y las energías y se agarra al “Virgencita, virgencita que me quede como estoy” o que a veces la realidad no ofrece otra alternativa que la resistencia.
En cualquier caso quejarse y no hacer nada por cambiar la situación ni ayuda ni soluciona el problema.
Mi actual trabajo tiene los días contados. Aunque intente engañarme y mirar hacia otro lado es una campaña que lleva más de un año. Es cierto que desde que entré los resultados han sido satisfactorios, pero llegará un momento que deje de ser todo lo efectiva que está siendo y decidan retirarla. Y entonces, ¿qué?
Llevo una temporada dándole vueltas a una idea: si nadie me contrata por la edad y parezco condenado al desempleo y la precariedad algo habrá que hacer. La solución que se me ocurre es contratarme yo mismo, o sea, generar mi propio puesto de trabajo. Vamos, lo que se suele llamar eufemísticamente ser un emprendedor. Me miro al espejo y me da la impresión que no doy el perfil. Quizás con 20 años menos y las ganas de comerse el mundo que da la juventud… Ahora no lo veo.
A pesar de ello lo analizo buscando una salida. El primer problema que se me plantea es que tengo madera de trabajador por cuenta ajena, siempre lo he sido y no me veo como un emprendedor. Vuelvo a la contradicción pues cuando he estado trabajando por cuenta ajena he innovado, he tomado la iniciativa para cambiar y mejorar cosas, he asumido responsabilidades que no me correspondían por el bien de la empresa… En cierta medida he mostrado características que podrían servir para emprender.
Todo eso está muy bien, pero no deja de ser andar por el alambre con la red puesta. El empresario es quien asume los riesgos en ese caso, no nos engañemos.
Emprender implica otras muchas cosas y yo no lo soy por muchas razones. Además del miedo que me atenaza me falta ímpetu, creatividad y sobre todo ideas. Para montar ahora una empresa o un negocio hay que partir de una idea feliz y que tenga posibilidades y futuro. Me estrujo las meninges y esa idea brillante se resiste, no llega. Ahí seguimos, encadenando contradicciones. Cuanto más pienso menos se me ocurre. Estoy seguro que valgo para trabajar, aunque no encuentre trabajo.
Y es que como me dijo el orientador en un coaching para parados tras contarle mi experiencia laboral: “Joder, eres impresionante, vales para currar de cualquier cosa. Eso sí, tu currículo no hay quien lo defienda. Si me llega a mi despacho de recursos humanos no sabría que hacer con él y acabaría en la papelera”. Contradictorio, ¿verdad? Pues toca vivir con ello y seguir ideando alternativas.

Juliki buscando la panacea laboral

lunes, 25 de agosto de 2014

La difícil tarea de ser padre


Voy en el metro, intentando sumergirme en mi libro y que el mundo, mi mundo, se anule por un rato. Estoy a punto de entrar en la ficción del papel, en una de esas historias de otros que no duelen como las propias. Un quejido infantil me trae de vuelta. Intento resistir. El lloriqueo se hace agudo y constante. Con el gesto torcido regreso al vagón.
Frente a mí, un padre sujeta a su niño que es la fuente del lamento. A mi lado la madre intenta tranquilizarlo con palabras cariñosas. Al crío le duele el estómago y por eso gimotea y se queja. Los padres se miran, no se dicen nada, pero se intercambian una mirada que significa “haz algo, te toca”. Intento volver al libro, a la lectura; pero sin poder evitarlo mis ojos se giran hacia la madre. Ella abre el bolso y saca una botella que tiende al padre, que no parece muy conforme, para que le dé al niño de beber. Me estremezco. No es agua, ni zumo… es Coca cola. El niño bebe y su llanto se interrumpe. Silencio. Aprovecho la tregua para salir del asombro y regresar a lo mío. Tres, dos, uno y… el megáfono se reactiva, mientras las lágrimas forman churretes en la carita del pequeño. Los padres resoplan y la bebida reaparece para acallar el lloriqueo. Me espeluzno. Sé que cuidar y educar a un niño debe de ser de las tareas más complicadas. Asumo que en ciertos momentos, la persistencia infantil puede desquiciar a cualquiera, pero…
Vuelve el lloriqueo y con él la cara de impotencia que asola a los progenitores. Siento remordimientos ¿Quién soy yo para juzgarlos?
De repente, ensimismado en esos pensamientos me sorprende el llanto que cesa. Me giro. Los padres descansan aliviado mientras el niño, sonriente, devora unas chuches.
Definitivamente el carné de padre debería ser obligatorio y yo me alegro de la decisión de tome de no ser padre.

Juliki criticando sin carné

lunes, 18 de agosto de 2014

La resaca del presente


Los que conservan el trabajo desde hace tiempo, por mierdero que sea, no se pueden ni imaginar lo que supone llevar una vida trabajando, y que de repente se abra la trampilla del desempleo bajo tus pies. De la noche a la mañana te ves convertido en un parado, con el currículo desactualizado y esa edad peligrosa que amenaza con derribar el chiringuito que con esfuerzo has intentado mantener en pie: tu vida.

Cuando te sucede no puedes entenderlo. Hasta ese momento la crisis parecía no existir, era cosa de otros. Tú solo quieres volver a trabajar, en lo de antes o en lo que sea, pero la realidad se empeña en recordarte que la crisis te ha alcanzado y que con tus circunstancias es difícil encontrar dónde trabajar. Vale que uno puede “mantenerse activo”: inventarse tareas, curso, incluso preparar una oposición mientras cobra la prestación; pero nada de eso maquilla la situación. Cuando estás en el paro los días pasan y los ves caer como fichas de dominó alineadas. La anterior tumba a la siguiente y cada jornada se aproximan a ti que esperas bajo la última a que se consume la caída de esa que acabará aplastándote.
Frustración, querer y no poder es la idea, pero la sensación va más allá, enraíza dentro de ti y te va robando la vida cada mañana, tarde y noche. La sombra de la resignación oscurece tus días, aunque quieras plantarle cara.

Ahora que tengo trabajo lo único que deseo es conservarlo, seguir saliendo cada mañana con un destino y propósito claro, continuar cobrando aunque sea esa miseria mensual que me permita cubrir gastos y  que las hojas del calendario se sigan volteando sin sobresaltos. Sobrevivir, aunque uno preferiría vivir.

Trabajo para una empresa que a su vez presta sus servicios para una ONG. Mi contrato es de tres horas diarias con un sueldo bruto de 300 euros al mes más comisiones. Tengo que cumplir unos objetivos mensuales y si no los logro pueden despedirme, sin más. Además, es una campaña que cuando lo consideren oportuno puede acabar sin previo aviso y en ese caso también me veré en la calle. Para conseguir los objetivos, y alguna comisión que eleve los ingresos a mínimos aptos para la subsistencia, trabajo cinco horas diarias aunque, como ya dije, cotizo por tres. Así sobrevivo de momento y me considero un privilegiado. Suena raro, pero es verdad. No debo nada a nadie, tengo donde vivir, me da para comer y si me administro hasta algún día, como excepción, un tinto de verano puede caer en un bar.

Me miro al espejo y aparece un retazo del jovenzuelo que fui y que quería comerse el mundo. Parpadeo y la reflejo recupera mi apariencia actual; una imagen mordisqueada por la vida, con surcos en la frente y una barba canosa que atestigua mi edad cercana al medio siglo.

—¿Privilegiado? —me pregunta el jovenzuelo reapareciendo—. Tú lo que eres es un fraude, un vendido, un derrotado. ¿No vas a luchar por el futuro?
Yo le-me miro y en lugar de replicarle con argumentos asiento dándole la razón. Porque una parte de mí piensa que la tiene. A pesar de ello la vida tiene aún que enseñarle palabras que completen su ideario como frustración, sobrevivir, resignación... También tiene que comprender que el futuro no existe. Es solo presente al que se le borraron las ilusiones. Después, cuando asuma eso, si tiene suerte, puede pasar cualquier cosa.

Juliki ¿Resignado, derrotado, sin futuro, simplemente mayor o realista?

sábado, 16 de agosto de 2014

Ruleta rusa


—¿Otra vez con la misma monserga?
—No te pases.
—¿Pasarme? Eres tú el que se empeña mes tras mes en amagar con volver a escribir y luego se raja.
—No es eso. Es que…
—Es que no tienes tiempo, es que el trabajo te agota, es que tu vida ha cambiado y tienes que adaptarte… ¿Alguna excusa nueva? Por lo menos ponle algo de imaginación.
—Ahora va en serio.
—Seguro, ¿dónde he oído antes eso? Ah, en tu blog. ¡Qué coincidencia!
—Esta vez es de verdad. Voy a esforzarme y mantener la constancia.
—Dos, tres días como máximo. Tal vez algo más aprovechando las vacaciones y luego vuelta a empezar. Reconócelo antes tenías menos tiempo y cada semana escribías un relato y de vez en cuando incluso una entrada del blog. Entonces sí te esforzabas y priorizabas lo que te aportaba ilusión: escribir. Ahora la pereza y el miedo te atenazan. Las ideas nunca llegan a plasmarse en papel, se quedan prisioneras en la libreta de notas o pululando sin forma en tu cabeza hasta que la censura del olvido las borra. No te engañes con el pasado. Careces de voluntad.
—¡Eso es falso!,  yo puedo…
—¿Seguir engañándote? Todo lo que quieras; pero no nos cuentes milongas a los demás. Eres cansino y das pena. Solo te falta ponerte a hacer pucheros. Por favor, eres patético.
—¿Qué te apuestas a que esta vez lo consigo?
—Lo que quieras, pero mejor vamos a dejarlo. Eres un perdedor, lo sabes y no puedes evitarlo.
—Pongamos un plazo. Si lo incumplo cierro el blog, pero si lo logro desaparecerás de mi vida.
—Lo último no es posible y tú lo sabes.
—Cierto, pues entonces te callaras durante tres meses.
—¿Y con que propuesta pretendes acallarme?
—Me comprometo a escribir un mínimo de cuatro entradas al mes.
—Eso no es nada. Ocho, mínimo.
—Cinco y no todas seguidas.
—Siete y todas las semanas debe haber alguna.
—Seis y ninguna será un simple párrafo.
—¿Seis? Acepto, pero agosto cuenta y la clausura del blog si pierdes corre de mi cuenta.
—¡Eso es injusto! ¡Ha pasado medio mes!
—¿Abandonas antes de empezar? Muy propio de ti.
—Ni hablar. De acuerdo. Comenzamos.
—Estás acabado igual que tu blog.
—Ya puedes cerrar la boca, al menos hasta que acabe agosto.
—Tictac, tictac…
—¡Silencio! Y por cierto, esta  entrada cuenta. Me quedan solo cinco. Je, je, je… Te recuerdo que no tienes derecho a replica, de momento.

Juliki disociado

miércoles, 2 de julio de 2014

Levantar la tapa


Para escribir hay que reflexionar primero. Rumiar una idea, un sentimiento, una imagen… un detonante que, en definitiva, te sirva para arrancar y tomar una dirección. Sin reflexión ni pausa no hay posibilidad de escritura, al menos en mi caso. Lo malo de esa situación es la adicción que crea. Cuando empiezas a disfrutar del sufrimiento que supone escribir lo demás, incluido sobrevivir, pasa a un segundo plano.
Dejé de escribir para que los remordimientos no me hicieran la vida imposible. Para que mi realidad no acabara convertida en una ficción. Un parado que escribe un blog, relatos y se pasa el día imaginando realidades paralelas, pero que no encuentra trabajo, acaba con la sensación de no estar haciendo lo que debe. Aunque dedique muchas horas diarias a mandar currículos y responder esas ofertas imposibles de una plaza para cinco mil candidatos; la sensación final es de culpa. Culpa y frustración.
Por eso aparqué primero el blog, luego abandoné la escritura de relatos y por último dejé de imaginar historias. En esa decisión olvidé varias cosas fundamentales: La primera por qué comencé a escribir; la segunda, y no menos importante, que escribir me hacía sentir vivo.
El resultado fue una especie de zombi que durante meses se ha limitado a hacer lo que debía y no lo que quería. Un tipo que me miraba con desagrado desde el espejo y afeaba cualquier intento de retomar la ilusión de escribir.
Y estando en esa situación, casualmente, encontré un trabajo. Bueno, uno de esos que se definen como trabajo, pero eso es otra historia. Todo indicaba que resuelto el problema de la supervivencia diaria, volver a escribir era cuestión de tiempo. Error, respuesta incorrecta, mentira podrida… Hay decisiones que en el camino dejan cadáveres y esta dejó en la acera el mío. Desde entonces lo he arrastrado mientras pululaba por la vida sin apenas escribir nada. Sin pensar, sin sentir… sin vivir.
Empecé a escribir para ordenar el caos interior, para poner nombre a todo lo que sentía y no entendía, para construir el puzzle que supone la propia existencia. Porque cuando te sueltan en la vida nadie te entrega el manual de instrucciones. Yo elaboré el mío propio usando la escritura, para echar a andar y buscar mi camino. Para vivir.
Desde que dejé de escribir he vagado por parajes cotidianos, pero sin rumbo, con la brújula averiada e intentando convencerme a mí mismo de que lo importante era sobrevivir.
Sobrevivir no es suficiente. Ahora lo sé. Es como poner el cuerpo en un lugar mientras tu cabeza se ausenta. Estás físicamente, pero no estás. Avanzar por la vida con la caja del puzzle bajo el brazo no sirve de nada; aunque conserves todas las piezas dentro. Vivir es otra cosa, es montar el puzzle, jugar a acabarlo antes de que la muerte te atrape.
El otro día decidí dejar de pulular, pararme en seco y romper el espejo. Hoy he abierto la caja. Quizás mañana o pasado me atreva a sacar alguna pieza y a reanudar el juego. Mientras, la vida sigue, aunque tu puzzle esté por hacer.

Juliki mirando las piezas

lunes, 30 de junio de 2014

Diálogos desde la trinchera interior


—Toc, toc, toc... ¿Hay alguien? Eoooooooo.
—Shhhh. Para ya de vocear; no dejas descansar a los moribundos.
—Vaya, sigues ahí.
—No del todo: vegeto.
—Entonces ¿estás vivo?
—Responder que sí sería un eufemismo.
—Has contestado y oigo tu respiración. Si respiras…
—No todo es lo que parece y la vida es algo más que respirar.
—También estás razonando y eso no lo hacen los muertos.
—Respirar y razonar tampoco es suficiente como prueba de vida.
—Ah, ¿no?
—Para tener una vida hay además que sentir.
—¿Y tú no lo haces?
—Lo evito.
—¿Por qué?
—A veces hay que hibernar para sobrevivir, aunque eso implique dejar de vivir y estar en cierta manera muerto. Sentir no te permite mantener el letargo.
—Suena a escusa. A renuncia, a un tirar la toalla encubierto. ¿Dónde ha ido el luchador que eras antes?
—Fue a la batalla de la vida y perdió.
—Ya. Se te da bien lo de ir de mártir. Colgarte la etiqueta de perdedor y dar lástima. Pero a mí me parece que a la batalla has ido a esconderte en la trinchera A huir del auténtico enemigo y dejar que el tiempo pase  y te derrote.
—Tú qué sabrás.
—Tengo ojos y oídos y, además de ver y oír, miro y escucho. Tú en cambio escondes la cabeza o miras para otro lado. No quieres ver tu rostro en el espejo y reconocerte.
—¿Reconocerme?
—Como lo que eres: un fraude, la sombra desvaída de las ilusiones abandonadas, un puedo y no quiero, un mejor mañana empiezo… El enemigo.
 —Tú qué sabrás.
—Sé lo que soy y no me da miedo reconocerme en ti. Yo no me niego. Soy esa parte de ti que aún respira, razona y siente. Puedes volver. Estás a tiempo.
—¿Y si no quiero?, ¿y si no puedo?
—Entonces sí que estarás muerto.
—No sé cómo hacerlo… Lo de volver a ser yo, lo de intentarlo al menos.
—Empieza por escribirlo.

Juliki anónimo